La senadora, considerada la más moderada de las tres aspirantes, ganó la encuesta interna del Centro Democrático. Sin embargo, su bajo respaldo en intención de voto abre interrogantes sobre un eventual plan B de Álvaro Uribe.
Tras una accidentada y desgastante contienda interna, el Centro Democrático definió a Paloma Valencia como su candidata presidencial para las elecciones de 2026. El proceso estuvo marcado por profundas fracturas al interior del partido, entre ellas la expulsión de Miguel Uribe Londoño, sancionado por las directivas tras, presuntamente, respaldar al candidato Abelardo de la Espriella.
La colectividad optó por el mecanismo de encuesta luego de que Sergio Fajardo anunciara que no participaría en una consulta interpartidista. En ese contexto, el expresidente Álvaro Uribe expresó públicamente sus dudas frente a ese modelo, al considerar que podría diluir el peso político del uribismo.
“Si esa consulta se dispersa en varios grupitos, es inútil estar allí. En ese caso uno pensaría que es mejor que el Centro Democrático se reserve y no participe”, advirtió Uribe, dejando entrever que el camino no estaba exento de riesgos.
Pese a ello, el partido avanzó con la encuesta, un método que terminó por profundizar las tensiones internas. A la expulsión de Uribe Londoño se sumó la renuncia de Andrés Guerra a su aspiración presidencial, quien optó por regresar a la contienda legislativa y buscar nuevamente una curul en el Senado.
Fieles al partido y, sobre todo, al liderazgo del expresidente Uribe, Paloma Valencia, María Fernanda Cabal y Paola Holguín se mantuvieron en la carrera, aun con los resultados adversos de la última encuesta Invamer de noviembre de 2025. En ese sondeo, Valencia apenas alcanzó un 1,1% de intención de voto, el mismo porcentaje de Cabal, mientras que Holguín se ubicó más atrás con un 0,7%.
Incluso si se sumaran los respaldos de las tres precandidatas, no lograrían superar el 4,2% que registraba Miguel Uribe Londoño antes de su salida del proceso, ni mucho menos acercarse a los punteros de la contienda presidencial como Sergio Fajardo, Abelardo de la Espriella o Iván Cepeda.
Las jugadas de Uribe
Luego de salir bien librado en segunda instancia del proceso por presunto soborno a testigos y fraude procesal, Álvaro Uribe parece haber tomado un nuevo aire político. Su objetivo inmediato es fortalecer la lista al Senado del Centro Democrático y, de paso, apuntalar la candidatura presidencial que llevará el sello uribista en 2026.
No sería la primera vez que el expresidente ajusta la estrategia sobre la marcha. En 2022, el candidato escogido fue Óscar Iván Zuluaga, quien terminó renunciando en medio del escándalo de Odebrecht, allanando el camino para la alianza con Federico Gutiérrez.
En esta ocasión, aunque María Fernanda Cabal aceptó el resultado de la encuesta, pidió públicamente que se hicieran visibles los datos y las especificaciones técnicas del estudio, una solicitud similar a la que hizo en 2022 y que, cuatro años después, sigue sin respuesta.
La elección de Paloma Valencia representa, además, un giro hacia la moderación dentro de la derecha colombiana. Para varios sectores del uribismo, su perfil es visto como el más viable para tender puentes con otras fuerzas opositoras al Gobierno Petro, entre ellas el movimiento de Abelardo de la Espriella, cercano al expresidente Uribe, y otros precandidatos que apuestan por una consulta antes de mayo.
Cabal y Holguín, por el contrario, han sido figuras más visibles por sus polémicas, enfrentamientos en el Congreso y controversias familiares o empresariales, que por su producción legislativa.
Así las cosas, el uribismo llega a la recta final rumbo a 2026 con candidata definida, pero con un panorama electoral adverso y la incógnita abierta sobre si Álvaro Uribe, fiel a su estilo, volverá a mover las fichas antes de la primera vuelta.